| Número 102 VII-VIII 2003 22 |
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CASAS CON SENTIDO |
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| Luis Fernández-Galiano La explosión domiciliaria Domestic Explosion Cuerpos y casas Bodies and Homes Javier San Martín Puertas adentro: la habitación en el arte Behind Closed Doors: Habitation through Art Beatriz Colomina Mark Robbins Miradas encendidas Blazing Gazes
Picture Window House, Izu (Japón) Picture Window House, Izu
(Japan) Casa Kessler, S. Sebastián de los Reyes (España) Kessler
House, S. Sebastián de los Reyes (Spain) Casa Peter, Tegna (Suiza) Peter House, Tegna (Switzerland) Casa MR, Pomponne (Francia) MR House, Pomponne (France) Resonancias urbanas Urban Echoes
Casa Roja, Londres (Reino Unido) Red House, London (United
Kingdom) Casa Elipse, Tokio (Japón) Ellipse House, Tokyo
(Japan) Casa Hu-tong (Japón) Hu-tong House (Japan) Vientos locales Local Winds Casa de secano, Fuente Álamo (España) House on a Dry Field,
Fuente Álamo (Spain) Casa M-Lidia, Montagut (España) M-Lidia House, Montagut
(Spain) Casa Cocoon, Wye River (Australia) Cocoon House, Wye River
(Australia) Sabores complejos Complex Flavors Casa Garriga-Poch, Lles de Cerdanya (España) Garriga-Poch
House, Lles de Cerdanya (Spain) Casa Baete-Doubbel, Gits (Bélgica) Baete-Doubbel House,
Gits (Belgium) Casa Lang-Kröll, Gleissenberg (Alemania) Lang-Kröll House,
Gleissenberg (Germany) Texturas próximas Close Textures Casa de la península, Victoria (Australia) Peninsula House,
Victoria (Australia) Casa de plástico, Tokio (Japón) Plastic House, Tokyo
(Japan) Casa y cobertizo, Breezand (Holanda) House and Barn,
Breezand (Holland) Casa en el lago, Ermatingen (Suiza) House on the Lake,
Ermatingen (Switzerland) |
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Luis Fernández-Galiano La explosión domiciliaria |
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Vivimos tiempos explosivos. Por un lado, el boom
residencial ha adquirido un protagonismo económico y territorial sin precedentes: la
burbuja inmobiliaria es el motor del crecimiento, y el desarrollo informe de la
construcción el principal rasgo de la urbanización contemporánea. Por otro, la
detonación agresiva es el arma esencial de los contendientes en el conflicto medular de
nuestra época: los mártires palestinos se hacen bombas humanas, y el ejército
israelí emplea la demolición con dinamita de viviendas como instrumento de
intimidación. La explosión domiciliaria es a la vez la multiplicación incontrolada del
tejido residencial en Occidente y su destrucción controlada en la línea de fractura con
el otro musulmán. En Zabriskie Point, Antonioni mostraba a cámara
lenta la explosión de una casa en una esfera expansiva de fragmentos: un símbolo
simultáneo de la burbuja urbanística que escombra los paisajes y de la demolición
punitiva que desventra las viviendas. Queremos pensar en la casa como un nido tibio, tejido en torno nuestro para protegernos como el capullo a la crisálida, y en el cual entregarse sin peligro al placer de los sentidos: encerrados con un solo juguete, o enclaustrados en un recinto íntimo abigarrado de objetos familiares. Así, ensayamos un orden arbitrario que agrupa nuestras casas de autor en torno a la convención de los órganos perceptivos: la mirada luminosa de horizontes y bombillas, el oído atento al tráfico o al timbrazo, el perfume leve del aire en movimiento, los sabores mixtos del alimento y el frío, el tacto en la penumbra del material o el lecho. Sin embargo, esta enumeración de los sentidos se drena de significado cuando la exponemos a la intemperie de la repetición o el riesgo, y tanto la anomia del crecimiento en mancha de aceite como la inseguridad física de la habitación fronteriza dibujan un paisaje desolado y desalmado, que se construye en torno al hueco sonoro del vacío espiritual. Casas con sentido y devastación consentida: tal parece ser el panorama oximorónico de la ciudad actual. Fingimos vivir mientras sobrevivimos, y nuestra incapacidad para conformar el territorio es similar a nuestro fracaso en la conciliación del conflicto. Suspensos en geografía y suspensos en historia, los habitantes de este planeta frágil preferimos ignorar las grietas que craquelan su piel lacerada mientras nos sumergimos en el láudano narcótico del domicilio ensimismado. Pero la belleza mórbida de la casa deviene obscena cuando se blinda frente al estrépito del mundo, cerrando los ojos a la violencia, haciendo oídos sordos al agravio, negándose a husmear el rastro del abuso, soslayando el sabor persistente del dolor y huyendo del contacto abrasivo con la miseria. La casa de diseño excava un nicho autista en el espacio y en el tiempo, un escenario efímero y amable de la vida cotidiana momentáneamente suspendida: un oasis privado en el desierto público. |
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