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Número 65
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FRANCIA FRÍA |
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Luis Fernández-Galiano
Corrientes de rigor
François Chaslin
Habitar París
Viviendas en la calle Émile Durkheim, París Housing on Rue Émile Durkheim, Paris
Sector laboral
Torre de Crédit Lyonnais, Euralille Crédit Lyonnais Tower, Euralille
Estudios superiores
Facultad de Arte y Humanidades, Grenoble Arts and Human Sciences Faculty, Grenoble
Artes de la memoria
Ampliación del Museo de Bellas Artes, Lille Extension of Fine Arts Museum, Lille Luis Fernández-Galiano Más fría, más seca, más común Francia se enfría. Con la muerte de Mitterrand desapareció una cierta idea de la grandeza republicana; la última salva de proyectos presidenciales despidió al último arquitecto de París, pero despidió también la ambición francesa de ocupar un lugar singular en el mundo. El modelo centralista y estatalista francés, sin el cual no se puede entender la última generación de grandes realizaciones arquitectónicas, pierde vigencia frente a la marea neoliberal de fidelidad anglosajona, que promueve la dispersión y la desregulación en el océano libre del mercado global. Los fracasos diplomáticos en Europa y África, el desprestigio de la élites políticas, el enfriamiento económico producido por el recorte del gasto público y la extensión de la marginalidad social han producido el desánimo colectivo y el ascenso del fascismo. Las recientes elecciones legislativas, que han hecho primer ministro a un socialista sosegado y protestante, han servido como baremo del malestar, pero no han alterado el clima de desmoralización. En ese panorama desorientado, la arquitectura francesa, erosionada por las limitaciones presupuestarias, culmina los proyectos iniciados en mejores épocas y se pregunta por su estrategia de supervivencia durante la etapa, previsiblemente prolongada, de austeridad material y simbólica. Atrás quedan los grandes proyectos emblemáticos, pero atrás queda también la agitación ideológica y estilística que dio a la producción arquitectónica de Francia un atractivo glamour intelectual. De la transparencia inmaterial al historicismo neocorbuseriano, y de la arquitectura parlante mediática al plasticismo escultórico expresionista, por las pasarelas francesas han desfilado un sinnúmero de tendencias de alta cultura. Mientras la vanguardia universitaria norteamericana se alimentaba con la alta cocina literaria francesa, de Foucault a Barthes, y de Bataille a Derrida, los arquitectos del Hexágono prefirieron la fruición de buscar las ideas abstractas en el festín glorioso y efímero de las formas concretas. Todas estas escuelas y tendencias participan ahora en un diálogo en sordina, entre sí y con la pléyade de invitados extranjeros que Francia ha tenido siempre a gala, sobre el futuro de una arquitectura más fría, más seca o más común. El refinamiento visual y la cultura material de estas obras francesas estimula a seguir con atención ese diálogo, que oscila entre la urbanidad tipológica y el pintoresquismo contextual, y entre el rigor penitencial del silencio expresivo y la locuacidad leve de las pieles decoradas. En este debate sobre la abstracción y el populismo no se oyen con fuerza suficiente algunas de las voces más altas y más lúcidas, de Nouvel a Perrault, y esta ausencia provisional priva probablemente a la conversación de muchos argumentos y episodios. Pero Francia ha hecho siempre del debate una forma artística, y aun privado de algunos protagonistas y sumido en el clima desapacible de este fin de siglo, el diálogo de los arquitectos del Hexágono merece la mirada y el oído. |
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