Opinión  Premios 

Arquitectura de la tierra

Luis Fernández-Galiano   /  Fuente:  El País
30/04/2018



Arquitectura del paisaje, pero también arquitectura de la tierra. Tras tres décadas de trabajo, Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta obtienen reconocimiento universal por una obra obstinadamente local: el más mediático de todos los galardones distingue una arquitectura en todo ajena a los medios, porque sus construcciones apenas se comprenden sin la experiencia directa. Por ello, el volumen publicado por Arquitectura Viva no fue tanto un registro documental como una invitación al viaje. La popularidad que conlleva el premio Pritzker hará de la Garrotxa un destino de peregrinaciones arquitectónicas, tornando caudaloso el flujo tenaz de visitantes que ya buscaba en esta comarca de volcanes la epifanía que brinda el contacto sensorial con estas obras de la materia, incardinadas en su paisaje y arraigadas en su emplazamiento con la violencia despojada de la abstracción extrema.

El premio Pritzker de RCR es el segundo que recibe un estudio español, tras el de Moneo en 1996, y llevó a los arquitectos a la portada de los diarios.

Aunque el Pritzker dará a su obra una visibilidad singular, los integrantes de RCR habían ya sido objeto de reconocimientos múltiples. En la exposición de arquitectura en España celebrada por el MoMA en 2006 figuraba la Casa Horizonte, y en el pabellón español de la Bienal de Arquitectura de Venecia que recibió el León de Oro en 2016 estaba incluido el Espacio Barberí: entre estos dos eventos, los arquitectos han visto su trabajo expuesto en múltiples ocasiones y reproducido en un sinnúmero de publicaciones. Mencionando sólo lo que nos es más próximo, su participación en ‘Spain mon amour’ dentro de la Bienal veneciana de 2012, la exposición en el Museo ICO en 2016 o la media docena de portadas en AV/Arquitectura Viva son otros tantos hitos en un itinerario de homenaje a esta arquitectura del paisaje que es también una admirable arquitectura de la tierra.

Basados en Olot, la capital de la Garrotxa —una comarca catalana prepirenaica de antiguos volcanes—, RCR han construido en la región un conjunto de obras con un lenguaje singular que reúne la pulsión romántica de comunión con la naturaleza y búsqueda de lo sublime en el despojamiento extremo, con el empeño racional de rigor geométrico, composición abstracta y depuración constructiva en el refinamiento de unos detalles que ensamblan materiales de violenta tactilidad.

Es una arquitectura esencial y a la vez elocuente, reductiva como corresponde a lo que el lenguaje popular denomina minimalismo, y al tiempo expansiva en su diálogo horizontal con el paisaje, que se enmarca o se perfora con decisión. Decía Julius Posener de su maestro Hans Poelzig que este menospreciaba «cualquier arquitectura que no pudiera dibujarse con orina en la nieve», y las de RCR se conforman con la misma economía expresiva, que va desde los trazos del pincel en la primera acuarela —apocopados como un ideograma— hasta la intervención de los arquitectos en el movimiento de tierras, la colocación de los bloques basálticos o el rizado de las bandas de acero, en una action architecture que se resume en gestos.

Las huellas de esas intervenciones artísticas son un puñado de edificios, pabellones y parques tan compactamente trenzados en el territorio, y en tan exacta sintonía con su belleza volcánica y abrupta, que hace fácil imaginar su utilización como recurso pedagógico y turístico, de forma no muy distinta a como sucede con la obra de Mario Botta en el cantón del Ticino o con la de César Manrique en la isla de Lanzarote. Aunque sus proyectos se extienden también a otros lugares de Cataluña, a países europeos como Francia o Bélgica, e incluso a geografías tan remotas como las del Golfo, el acervo levantado en la Garrotxa y sus inmediaciones hacen que estos arquitectos sean ya inseparables de la historia de Olot.

Al cabo, cualquier descripción de su trabajo debe recurrir al oxímoron. Da igual mencionar paisajes aristados, gravedad liviana o romanticismo riguroso: los términos antitéticos expresan la tensión entre una materialidad de dureza violenta y un lirismo de emoción palpitante; entre una radicalidad sin concesiones y una sensibilidad que se abre a la naturaleza sin reticencias; entre una solidez pesada de hormigón o acero y una levedad frágil de vidrio o sombra que disuelve el edificio en atmósferas y reflejos. Táctiles e inmateriales, sus obras pertenecen a la tierra y la trascienden, son telúricas y translúcidas, severas y amables, hogueras heladas que calientan y calcinan, dejando un residuo de gema en su tiniebla resplandeciente, exquisitamente tallada y cubierta por una pátina de herrumbre que amalgama manufactura y meteoro.


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