Opinión 

Sobre el incendio de Valencia

Opinión 

Sobre el incendio de Valencia

Ricardo Aroca 
27/02/2024


Diez personas han muerto en un incendio que, en cuestión de minutos, envolvió las fachadas de un edificio de catorce plantas en Valencia. Una combinación de materiales de fachada combustibles, cámara de aire abierta entre la piel del edificio y el aislamiento, y un fuerte viento han hecho posible la rápida propagación del fuego. Nadie puede devolver la vida a las víctimas, y todos esperamos que las aseguradoras y las Administraciones compensen con generosidad los daños materiales sufridos por más de un centenar de familias, sin martirizarles con un viacrucis de formalidades.

Pero no son los únicos afectados por el siniestro: en este momento miles de familias se preguntan si sus casas son seguras; en la industria del aislamiento, las empresas ven peligrar sus inversiones y los trabajadores, sus puestos de trabajo. Mientras, a los arquitectos seguramente nos lloverán nuevas regulaciones sin tener en cuenta que el edificio en cuestión fue construido antes de la entrada en vigor de las actuales.

El hecho de vivir conlleva riesgos, y su prevención está en el origen de la estrategia de todos los seres vivos. En el caso de las ostras, consiste en no moverse y blindarse con una dura concha; en el de las ballenas y los elefantes, en ser tan grandes que nadie se atreva a atacarlos, con el precio de la inmovilidad en un caso y de la dificultad de encontrar suficiente alimento en el otro.

Nosotros evaluamos y asumimos riesgos constantemente, aunque generalmente solo somos conscientes de los asociados a la movilidad. Sabemos que cada año más de mil personas mueren en accidente de tráfico (solo en España), pero no dudamos en subir al automóvil e incluso a la motocicleta, que tiene una siniestralidad específica mucho más elevada. En cambio, no aceptamos fácilmente que la vivienda, nuestro refugio, sea un factor de riesgo. Asumimos mejor que puede haber accidentes domésticos, consecuencia de la impericia o de un mal uso de la electricidad, el gas… evitable ‘haciendo todo bien’.

El hormigón armado y el acero protegido han reducido a límites inapreciables el riesgo de que un incendio produzca el colapso de la estructura de un edificio antes de que pueda ser evacuado (en Valencia, el inmueble no se ha derrumbado). El mayor riesgo actual asociado al fuego es la asfixia por los humos tóxicos producidos durante la combustión de revestimientos, mobiliario u otros objetos.

Desde hace ya bastantes años se están incorporando a la construcción materiales con excelentes prestaciones en términos de aislamiento, que en todo caso deben ser considerados en la ecuación riesgo-beneficio. Para obra nueva, el aislamiento exterior presenta, entre otras, ventajas en lo relativo a la supresión de los puentes térmicos y el aumento de la inercia térmica de la construcción, que queda protegida así de la temperatura exterior. En el terreno de la rehabilitación, aislar por fuera se convierte prácticamente en una obligación. ¿Quién quiere perder de diez a quince centímetros en el interior de todas sus habitaciones que dan a fachada? Sobre todo cuando el aislamiento puede colocarse por fuera desde que los Ayuntamientos decidieran, generosamente, que su montaje no computa como volumen edificado.

No voy a opinar aquí sobre los méritos y deméritos de los distintos aislamientos: todos los que hay en el mercado tienen sus ventajas y sus riesgos específicos, en mi opinión perfectamente asumibles con la actual normativa. Lo que está claro es que la combinación de una piel altamente combustible y una cámara ventilada supone un riesgo inadmisible, que ya dio lugar a un trágico siniestro en Londres hace siete años, y que demandaría una acción inmediata para identificar los edificios con fachadas así construidas, así como un análisis específico de sus riesgos.


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