Arquitectura Viva
jueves, 17 de agosto de 2017
26/07/2017

25 años de Barcelona ‘92. La soledad del arquero

Luis Fernández-Galiano

Ante la mayor audiencia de la historia, no ha habido un hombre más solo que el arquero. Media humanidad ha contenido el aliento cuando ha tensado el arco, sosteniendo la flecha de fuego del último relevo; ese movimiento detenido tuvo la poesía musculosa y quieta de la estatuaria griega, y un atleta paralímpico dio a los Juegos de Barcelona su primera imagen para la memoria: la soledad del arquero ante la llama.

La ceremonia se había iniciado con la voz fallecida de Freddie Mercury, que otorgó una dimensión emocionante a una bienvenida rutinaria, esmaltada por fanfarrias prescindibles y una orquesta con barretina. Al rey, más por gusto surreal que por prudencia política, lo recibieron con Els Segadors, y a continuación los señores de los anillos supervisaron una sardana blanca y olímpica.

En números incontables, las bandas levantinas y los tambores aragoneses prologaron una jota extravagante a una flamenca caballista —Cristina Hoyos se recuperaría al apearse, pero no consiguió hacer olvidar el torso desnudo de Camarón en la inauguración de Sevilla—. La entera nómina lírica, aplazadas sus querellas, amenizó la noche, y un Mariscal pop aglomeró el escenario con iconos pictóricos, resucitando como parodia amable la acidez envejecida del Equipo Crónica. Hasta aquí, unos jocs florals desmesurados y bastante dalinianos.

La pièce de resistance de esta nit de Sant Jaume —la escenificación por la Fura dels Baus del mito de Hércules— se proponía como una exaltación mediterránea, y resultó más bien un cruce de Jean-Paul Gaultier y Mad Max, en el que mereció mejor nota el figurinista que el coreógrafo. La violenta energía del grupo, a los acordes de Sakamoto, configuró una tripulación digna de Conan el Bárbaro, que logró salvar el barco de la cultura de unas bestias —hidra, toro y erizo— perfectamente monstruosas. En resumen, una naumaquia castiza con gigantes y cabezudos, más próxima a la cabalgata que al auto sacramental.

Para muchos de los espectadores, entre los que me encuentro, la parte más hermosa de la ceremonia fue la más denigrada por los especialistas televisivos. El desfile de participantes, lejos de ser exasperante o aburrido, como tantos pronosticaban, fue una marcha colorista, desordenada y emotiva que nos enfrentó caleidoscópicamente con el mosaico de las razas, la fragmentación de los estados y la variedad maravillosa del mundo.

Encabezados por un grupo de inmaculadas gimnastas, y cerrados por la representación española con un príncipe Felipe de abanderado que logró incluso conmover a su habitualmente poco expresiva madre, los jóvenes atletas compusieron en el centro del estadio una imagen exacta de la belleza azarosa del planeta. Fascinante como un jardín de Burle Marx o como una foto aérea de un paisaje floral, el cuadro impresionista de la multitud competidora tenía la combinación adecuada de orden indumentario y desorden alfabético como para representar fielmente la agonía y el éxtasis de una humanidad fracturada, desigual y fraterna.

Por entonces se había hecho ya de noche, y la calidad de las imágenes televisivas mejoró notablemente. Las tinieblas parecen auxiliar a los realizadores, cuyo trabajo diurno, pese a la formidable utillería de que dispusieron, dejó bastante que desear. La memoria de los juegos modernos depende en tan gran medida de la belleza y la pertinencia de sus tomas que siempre serán pequeñas todas las exigencias que hagamos a estos Píndaros contemporáneos.

En la oscuridad, entre los chisporroteos de los flashes y la música de Theodorakis, la bandera olímpica se extendió sobre los participantes como una sombra pálida y unánime, las bengalas compusieron en las gradas las estrellas luminosas de la enseña europea y las top models pasearon una colección de anécdotas figurativas de la ciudad de Barcelona, que recordó a las sedes precedentes con abanderados que portaron también palomas picassianas en conmemoración de los Juegos abortados por las dos grandes guerras de este siglo. La que aún arde en Europa se recordó en los discursos y en los aplausos a la presentación en sociedad de las nuevas naciones, la aparición pública de las cuales suscitó emociones agridulces y una cierta zozobra.

No sé si estos primeros juegos del nuevo orden, cuya singularidad más notable hasta la fecha son las banderas inéditas y el esperado dream team de Magic y los suyos, serán también unos dream games. En su ceremonia inaugural, la acumulación y el exceso propio de estos acontecimientos ha estado más cerca del culturismo de diseño y la ostentación de esencias e identidades que del fervor neobarroco. Bastante seny, poca rauxa, y absoluto acuerdo para aprovechar bien quince días seguidos de prime time. Por de pronto, Barcelona ha disfrutado en todas las cadenas del mundo de un spot de tres horas. Aunque algo naïf, resulta justificado el entusiasmo inocente de los castellers y la pirotecnia final.

Poco antes, el arquero había sostenido entre el índice y el pulgar una flecha de fuego olímpico y sagrado: el fuego catódico que arde en los innumerables receptores del mundo. Aunque apuntaba hacia el pebetero de la antorcha en el estadio, el destino secreto de la flecha era la construcción más importante y hermosa de estos juegos, la torre de comunicaciones de Collserola, que será durante dos semanas el eje del planeta. En ese instante de soledad absoluta, el destino del fuego estuvo entre sus manos. Pero cuando la flecha está en el arco tiene que partir.

Artículo publicado originalmente en El País el 27 de julio de 1992.
   

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