Arquitectura Viva
jueves, 27 de abril de 2017
02/01/2017

Le Corbusier y Ritter

François Chaslin

Doce años después de la publicación de la correspondencia de Le Corbusier con Auguste Perret, y nueve desde la edición de la que mantuvo con el pintor Charles L’Eplattenier —su profesor en La Chaux-de-Fonds—, Marie-Jeanne Dumont publica, en un trabajo admirable (Le Corbusier, William Ritter, Lettres croisées, 1910-1955. Lettres à ses maîtres III, Éditions du Linteau), la recopilación de las cartas intercambiadas entre Jeanneret y el artista, escritor, crítico de arte, bibliófilo y coleccionista William Ritter.

Ambos se conocieron en 1910, en la época en que Ritter estaba establecido en Múnich con su joven amante Janko Csadra. Era un hombre a caballo de dos siglos, particularmente refinado y dotado de una inteligencia admirada por Romain Rolland, que le tildó de «espejo de la Europa artística». «Ud. es lo que yo más aprecio: un Weltbürger», un ciudadano del mundo, un ciudadano de ese mundo de ayer o, mejor dicho, de anteayer, que los nacionalismos europeos y la Primera Guerra Mundial iban a quebrar, y la Segunda a aniquilar.

El escritor cuenta cómo una mañana de mayo de 1910 «un joven desconocido de rostro ascético bastante pálido y aquilino, con una sonrisa muy agradable y con los ojos a un tiempo espirituales y acariciantes detrás de unas gafas siempre fijas» fue a llamar a la puerta de su apartamento en el barrio de Schwabing. Este joven de 23 años «con un tierno tupé y un poco felino» le cayó bien desde el principio. Veinte años mayor que Le Corbusier, Ritter se iba a convertir en su mentor, contribuyendo a afirmar la personalidad del arquitecto. Intercambiaron 440 cartas entre esa primavera de 1910 y septiembre de 1953, es decir, durante 44 años, aunque, en realidad, las cartas correspondan en su mayor parte a una sola década que llega hasta los años 1920, cuando Amédée Ozenfant —al que Le Corbusier conoce en 1918— pasa a ser el último maestro que reconocerá el arquitecto: «Por fin un contemporáneo, uno de mi edad.» De hecho, podría hablarse de seis maestros en lugar de cuatro (l’Eplattenier, Perret, Ritter, Ozenfant), si no se deja en la sombra a los dos que le iniciaron en la política: el doctor Pierre Winter y el ingeniero François de Pierrefeu, los padres del fascismo francés (Faisceau). Pero esta es otra historia, y además el correo entre Le Corbusier y estos últimos fue escaso, ya que Winter vivió en la rue Jacob, en la misma dirección que el arquitecto, y en 1934 los tres se fueron a vivir en el edificio que Le Corbusier acababa de construir en la rue Nungesser-et-Coli.

Casi un año después de su encuentro con Ritter, Jeanneret volvió a Múnich a preparar su viaje a Oriente, hojear las obras de su amigo y pedirle consejo en cuanto perfecto conocedor de las provincias austro-húngaras y los Balcanes. Intercambiaron también acuarelas, de las cuales muchas se reproducen en la obra que aquí reseñamos: «El negro en mis acuarelas. Estoy loco por el negro y el blanco, por el gris sucio.» Y a su vuelta, en noviembre de 1911, Jeanneret escribe: «Obedecí, pues, a mi destino, cuando lo dejé todo por ir allí a toda costa. Todo ese batiburrillo de cosas que antes me encantaban —añade un Jeanneret transformado por la experiencia del viaje— ahora me produce horror. « Estoy loco por el color blanco, por el cubo, la esfera, el cilindro y la pirámide… ¡Quiero contarte mis nuevos dogmas!» «¡Oh! —responde Ritter—, tus cubos blancos mediterráneos no los he visto en tu Jura natal… pero, en fin, ¡si eso te hace feliz !»

En París reina por entonces un gran hombre para el que Le Corbusier trabajó en 1908 y al que sigue admirando. Es Auguste Perret, cuyas ideas le parecen «pétreas como el hormigón bien armado»; el mismo Perret que, cuando le invita a su estudio en la rue Raynouard en 1916, le revela qué debe ser un arquitecto: «un profeta con sus tablas de la Ley.» Pero antes es necesario abandonar La Chaux-de-Fonds, «ese lugar leproso» y «sin horizontes»: «Odio esa ciudad y, a priori, también a su gente.» Jeanneret está convencido de no ser un profeta en su tierra, sentimiento que seguirá teniendo hasta la muerte de su madre, casi medio siglo más tarde.

«¡Ay, amigo mío, aprenda a disfrutar…» Ritter aconseja también al joven Le Corbusier en aquello que, íntimamente, más necesita: los asuntos eróticos. Le previene contra los burdeles que Jeanneret frecuenta, pero sobre todo contra el «amor vulgar » y burgués. El joven se desespera —«¿Cómo tratar a las mujeres?»— y sufre durante años su soledad amorosa. Se considera un «pobre y completo imbécil» en este tipo de lances. Evoca en algunas cartas sus intentos de ligar en los restaurantes, también menciona la «inocente elevación del minarete» y la «savia de la vida», y un día le cuenta en detalle a su amigo un sueño erótico. Las eyaculaciones, las erecciones, los «empinamientos» se mencionan tanto por uno como por otro. «Está muy bien escribir de estos horrores», se divierte Ritter, «porque así se combate la hipocresía. En ciertos buenos momentos, me gustaría expresarme a la manera de las pagodas esculpidas, ya sabe cómo.» El homosexual se burla del joven tímido. ¿‘Homosexual’? La palabra no le gusta en absoluto: «En materias semejantes, que son esencialmente personales, hay vicio, pasión o amor. Si hay amor, pocas palabras tan bellas como ‘platonismo’, ‘amor griego’ o ‘uranismo’. Si hay pasión, se necesitan palabras fuertes y compasivas, pero que sugieran también admiración: las palabras ‘inversión’ e ‘invertido’ son admisibles.»

El escritor también da lecciones de escritura a su protegido. Le advierte: «Tiene Ud. un estilo de arlequín con tintes de Polichinela. No practique demasiado la literatura. Algunas de sus páginas resultan encantadoras de manera natural y, de repente, se estropean con un discurso literario. Escriba, por tanto, como habla; y hable como piensa.» Sobre todo, «no se deje corregir por nadie: sea descaradamente Ud. mismo.»

Le obliga a escribir un diario, y a que se lo envíe. Esto nos permite conocer sus reacciones concretas, inmediatas, el relato de sus angustias y sus afanes. Desfilan por esas páginas los primeros encargos, la casa paterna, la célebre Maison Schwob: «Nuevo trabajo: una pequeña villa impresionante.» Y el asunto cómico de una villa en estilo pompeyano, «absolutamente sin techo», para Fritz Zbinden, pintoresco fabricante de azulejos cuya decepción se imagina. Hay también proyectos para los herederos jóvenes de la industria relojera: «De siete a ocho jovenzuelos que quieren bellos apartamentos, nuevos y ‘modernos’ (o sea, con bidés, tuberías, inodoros de lujo, etcétera).» Son con frecuencia judíos.

Y después, un día de febrero de 1917, la marcha a París. Y pronto el encuentro con Ozenfant. «Me ha dictado una disciplina de hierro.» Le enseña pintura y la construcción de una doctrina, impulsándole a asumir un papel abrumador. «Es el maestro que buscaba desde hace tanto tiempo.» Marie-Jeanne Dumont habla en este sentido de la «vocación de alumno» de Le Corbusier. Se siente acelerado como «un motor que hay que embragar.» Ritter, que había retornado a Suiza tras la declaración de guerra, y que deja en Múnich su biblioteca y sus colecciones, le parece ahora «desconectado». Y le escribe: «Nuestros ritmos hoy en día están desfasados.» Se entrega así a Ozenfant, el nuevo maestro, con el que se enfadará más tarde como con todos los anteriores.

Ritter y Le Corbusier se volvieron a encontrar brevemente en noviembre de 1927, en el Ticino, diez años después de su separación. «Ahora nuestros papeles han cambiado», recordará más tarde el escritor: «Respecto a mí, él podría considerarse mayor, un vencedor, mientras que yo estoy vencido por la vida. Tengo la clara sensación de que esta visita ha sido para él como un entierro. Y es a mí a quien ha enterrado.»

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